Y un día me levanté y descubrí que jamás volvería a amar igual. Me miré al espejo, viendo los dibujos que el rimmel, en conjunción con mis lágrimas, habían hecho en mi cara. No, no volvería a amar igual, pero ¿quién en su sano juicio querría eso?
Me prohibí, desde ese momento, amar sin condiciones. Amar de una manera tan ciega que todo estuviese permitido. Me negué a justificar actos, a buscar respuestas a preguntas que sólo yo me hacía.
Y resultó que el reloj siguió marcando sus horas. La gente siguió con sus prisas, con sus rutinas. Y yo descubrí que Margot, una vez más, tenía razón. Todo pasa, todo llega. Sólo necesitas aguantar un segundo más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario