Por favor. Este se me ha quedado frío. Frío de verte, de pensarte, de echarte de menos.
Estaba entre periódicos y revistas, con un café en una esquina, repudiado por esa manía tan incomprensible que tienen los camereros de traerlo directamente del averno. Y entraste. Tan guapa, tan sonriente, tan encantada de haberte conocido. Y yo, tan bocabierto, tan incrédulo, tan idiota.
El tiempo justo para pedir algo de cambio, para el coche. Ahora conduces. Y de golpe, los segundos, los minutos, las horas. Todas y cada una de tus sonrisas y todos y cada uno de tus reproches. Y tus bailes, tus saltos, tus manías.
Y de repente, la nada; porque ya no recuerdo las cosas que tanto me sacaban de quicio, las que me hacían odiarte, las que sacaban lo peor de mi. Y no recuerdo por qué extraño motivo ya no puedo verte al despertar, con tu pelo alborotado ocupando mi cama. Con esa maníta tan tuya de lanzarme un beso por la mañana mientras ibas a lavarte los dientes. Comerme a besos después.
Y recuerdo cómo me encantaban tus bailes mientras preparabas el desayuno, como movías las caderas, a ritmo de una melodía muda que sólo tú escuchabas. Y tu ritual de baño, que hacía que llegase tarde cada maldita mañana a trabajar.
Regreso, arrastrado por la realidad, a una vieja cafetería. Una a la que jamás fuimos juntos, una que tú hubieses odiado, porque ponen cafés ardiendo. Pero tú ya no estás.
"Otro café, por favor. Este se me ha quedado frío".
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