Estaba tomando café. Era una mañana tranquila, exactamente igual a todas las anteriores desde hacía tres meses. De repente se echó a llorar. Era un lagrimeo continuo y silencioso. Al estar de cara a la pared nadie lo notó. Lloraba porque estaba enfadado con un recuerdo, no con ella. Por eso perdía siempre.
Empezó a perder el día que dejó de importarle si ella sonreía o no. O quizás antes, cuando dejó de importarle si él era la causa. Perdió la ilusión de continuar, y de paso, la perdió a ella. Y ahora estaba en la cocina, mirando los azulejos entre las lágrimas que salaban su café. Le daba igual porque ya nada le despertaba.
Estuvo meses sin ella, convencido de que en cualquier momento volvería. ¿Volver a qué? ¿Qué le ofreció él que la hiciese volver? Estúpido egocéntrico. Se acostumbró a que ella simplemente estuviese allí. Derrochó el amor que, pensaba, jamás se iba a acabar. Ella permanecía a su lado y él lo aceptó como algo natural.
Y la perdió. Quiso reaccionar cuando ya era tarde. Ahora otro se preocupaba por sus sonrisas. Y sintió celos, y miedo, y rabia. Sintió que el mundo se acababa. Sintió que ya era tarde para todo.
Él no quería hacerse cargo de tener que preocuparse por ella, pero quería tenerla a su lado. Se detestaba por este sentimiento. Era egoísta y pretencioso. Y había perdido sus sonrisas. Sus dientes asomando entre sus labios, que siempre estaban dispuestos a besarle.
Se enjugó las lágrimas, se bebió el café salado, y bajó la cabeza. Otra vez ganaba su recuerdo.
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