Mírala. Es feliz. Ríe a carcajadas más de una vez al día y duerme con una sonrisa en la cara, sobre todo si él está a su lado. Ya ha pasado lo peor.
Tiene miedo, claro, miedo hasta de la oscuridad. Ella no es valiente. Es imprudente, alocada e incluso un poco insensata. Y esta vez no ha podido resistirse. Pero sucede que a veces ganan los buenos, y ella deja de sufrir.
Él la cuida y la abraza por las noches, conocedor de sus tormentos. Ella se encoje, se deja llevar. Y entonces, por un momento, la oscuridad ya no le asusta, y se convierte en un aliado de sus manos, de su boca y de sus ojos.
Y piensa en esa frase que escuchó ayer, en esa película de Woody Allen. Cuando sientes que quieres no tienes miedo ni a la muerte. Es cierto, está más viva que nunca. Se siente prudente, cabal y, ante todo, valiente.
Esa noche puede soñar lo que quiera.
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